A sus 15 años Andrés ya conocía lo que era
dar un beso y en los menesteres del amor no era más que un neófito, sabía lo básico
y practicado lo necesario para decir con toda seguridad que ya no era nunca más
virgen. El día era soleado y la piscina emanaba olor a cloro que destapaba las
fosas nasales con tan solo estar a pocos metros de distancia, blanco como la
leche recién ordeñada, solo esperaba tomar un poco de color y para eso nada
mejor que la coca-cola (el bronceador de los pobres), aplicándose meticulosamente
en cada parte poca cubierta de su cuerpo fue convirtiéndose en un muñequito de azúcar
morena y atestado a olor a cola, mientras tomaba el sol, veía como sus hermanos
y su mama jugaban en la piscina, hay momentos en que las personas pueden
percibir la presencia de otros, cuando eso sucede es porque parte de tu alma
está intentando reconectarse con uno de sus pedazos perdidos en el tiempo y es
que cada vez que morimos, nuestra alma es divida en pequeños trozos y esparcida
en el mundo para revivir y crear una nueva vida, nuestra misión es encontrarnos
con esos pedazos y tratar de unificar nuevamente esa alma, en algunas ocasiones
esos pedazos te complementaran, en otros te harán cambiar de rumbo y en otros
casos te harán sufrir, todo depende de como lleguemos a acoplarnos con ellos,
en ese momento en que mi cabeza viro para entender que estaba atrayendo su
atención, en el cuadro apareció un hombre joven, de 1.80, blanco tanto en piel
como en dientes, cabello negro y parecía mover miradas con sus movimientos, no
caminaba, levitaba y su pantaloneta roja deslumbro mis ojos, anonadado y sin
entender que estaba pasando, intentaba ocultar su cara sonrojada y la sonrisa
nerviosa se acoplaba completamente con sus latidos y respiración profusa, años
más tarde entendería que así se siente el amor a primera vista. Continuará-->

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