miércoles, 14 de noviembre de 2012

El Encuentro



A sus 15 años Andrés ya conocía lo que era dar un beso y en los menesteres del amor no era más que un neófito, sabía lo básico y practicado lo necesario para decir con toda seguridad que ya no era nunca más virgen. El día era soleado y la piscina emanaba olor a cloro que destapaba las fosas nasales con tan solo estar a pocos metros de distancia, blanco como la leche recién ordeñada, solo esperaba tomar un poco de color y para eso nada mejor que la coca-cola (el bronceador de los pobres), aplicándose meticulosamente en cada parte poca cubierta de su cuerpo fue convirtiéndose en un muñequito de azúcar morena y atestado a olor a cola, mientras tomaba el sol, veía como sus hermanos y su mama jugaban en la piscina, hay momentos en que las personas pueden percibir la presencia de otros, cuando eso sucede es porque parte de tu alma está intentando reconectarse con uno de sus pedazos perdidos en el tiempo y es que cada vez que morimos, nuestra alma es divida en pequeños trozos y esparcida en el mundo para revivir y crear una nueva vida, nuestra misión es encontrarnos con esos pedazos y tratar de unificar nuevamente esa alma, en algunas ocasiones esos pedazos te complementaran, en otros te harán cambiar de rumbo y en otros casos te harán sufrir, todo depende de como lleguemos a acoplarnos con ellos, en ese momento en que mi cabeza viro para entender que estaba atrayendo su atención, en el cuadro apareció un hombre joven, de 1.80, blanco tanto en piel como en dientes, cabello negro y parecía mover miradas con sus movimientos, no caminaba, levitaba y su pantaloneta roja deslumbro mis ojos, anonadado y sin entender que estaba pasando, intentaba ocultar su cara sonrojada y la sonrisa nerviosa se acoplaba completamente con sus latidos y respiración profusa, años más tarde entendería que así se siente el amor a primera vista. Continuará-->

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